La DGT prevé más de 104 millones de desplazamientos este verano y los expertos alertan de que algunos fármacos de uso habitual pueden aumentar el riesgo de accidente incluso cuando se toman correctamente.
El verano de 2026 volverá a poner a prueba las carreteras españolas. La Dirección General de Tráfico ha previsto más de 104 millones de desplazamientos de largo recorrido entre el 1 de julio y el 31 de agosto, un 3,7% más que el año pasado. Con millones de vehículos en circulación, altas temperaturas, viajes prolongados y cambios en las rutinas de descanso, la atención suele centrarse en el alcohol, las drogas o el uso del móvil. Sin embargo, existe un riesgo mucho menos visible que también puede comprometer la seguridad vial: los efectos de determinados medicamentos sobre la capacidad de conducir.
La mayoría de las personas sabe que no debe ponerse al volante después de beber alcohol. Lo que muchas desconocen es que algunos fármacos de uso cotidiano —incluidos tratamientos para la ansiedad, el insomnio, las alergias, el dolor o la depresión— pueden provocar somnolencia, visión borrosa, mareos, confusión o una reacción más lenta ante un imprevisto en la carretera.
Conducir exige mantener la atención, calcular distancias, coordinar movimientos y reaccionar en cuestión de segundos. Cuando un medicamento altera cualquiera de estas funciones, el margen de seguridad disminuye. Un conductor con reflejos más lentos puede tardar unas décimas de segundo más en frenar; una persona con visión borrosa puede interpretar mal una señal o la distancia con el vehículo que le precede; alguien con somnolencia puede sufrir una breve desconexión de la atención. En autopista, a 120 kilómetros por hora, un segundo de retraso equivale a recorrer más de 33 metros sin reaccionar.
Un peligro poco conocido
Los datos muestran que se trata de un riesgo silencioso. Según la información manejada por organismos sanitarios y de seguridad vial, hasta el 80% de quienes consumen medicamentos capaces de influir en la conducción desconoce esta circunstancia.
El problema no siempre está en un uso incorrecto del tratamiento. Muchos de estos fármacos se toman siguiendo la prescripción médica y pueden ser perfectamente necesarios. El riesgo aparece cuando sus efectos secundarios coinciden con una actividad que exige el máximo rendimiento psicofísico, como conducir.
Los medicamentos con mayor impacto
Entre los tratamientos que más preocupan a los especialistas se encuentran las benzodiacepinas (utilizadas para la ansiedad o el insomnio), los antihistamínicos de primera generación para las alergias, algunos antidepresivos, los antiepilépticos, los neurolépticos, los relajantes musculares y los analgésicos opiáceos como la codeína o el tramadol.
Las benzodiacepinas son consideradas uno de los grupos con mayor efecto negativo sobre la conducción. Pueden producir sedación, disminución de reflejos, alteración de la coordinación y dificultad para seguir objetos en movimiento. Por ello, los expertos desaconsejan conducir especialmente durante las primeras horas tras su administración y en los primeros días de tratamiento.
También los antihistamínicos clásicos, muy utilizados en épocas de alergia o resfriados, pueden causar somnolencia, visión borrosa e incluso alteraciones de la percepción. Aunque los antihistamínicos de segunda generación suelen tener un impacto menor sobre el sistema nervioso central, no están completamente exentos de riesgo.
La falsa sensación de control
Uno de los aspectos más preocupantes es la confianza excesiva de muchos conductores en su capacidad para valorar los efectos de la medicación. Las investigaciones muestran que el 61% de los conductores medicados cree que su tratamiento no afecta o afecta poco a su conducción. Sin embargo, cuando se pregunta por síntomas concretos, casi la mitad reconoce haber notado somnolencia, fatiga, menor atención o reflejos más lentos.
Aun así, la respuesta más habitual no es dejar de conducir, sino intentar compensar el problema reduciendo la velocidad o extremando precauciones, una estrategia que no siempre evita el riesgo. Los especialistas advierten de que esta adaptación puede no ser suficiente, ya que algunos efectos secundarios son difíciles de percibir por la propia persona. La somnolencia leve, la pérdida de concentración o el aumento del tiempo de reacción pueden aparecer de forma gradual y pasar desapercibidos.
Señales de alerta que no deben ignorarse
Existen síntomas que deberían hacer desistir de conducir de inmediato: visión borrosa o doble, dificultad para mantenerse alerta, despistes frecuentes, frenazos tardíos, dificultad para mantener una trayectoria recta o incluso no recordar parte del trayecto realizado. Estos signos indican que las capacidades necesarias para una conducción segura pueden estar comprometidas.
El riesgo aumenta aún más cuando se combinan varios factores habituales en verano: calor, cansancio, falta de sueño, comidas copiosas, alcohol y medicación. Una pequeña cantidad de alcohol puede potenciar el efecto sedante de muchos fármacos y multiplicar la pérdida de reflejos y concentración.
El pictograma que muchos pasan por alto
Desde hace años, los medicamentos que pueden afectar a la conducción llevan en el envase un pictograma con un triángulo rojo y un coche negro en su interior. Ese símbolo no prohíbe automáticamente conducir, pero sí advierte de que el tratamiento puede influir en la capacidad para hacerlo y de que conviene consultar el prospecto o pedir consejo a un profesional sanitario.
Los farmacéuticos recuerdan que no todas las personas reaccionan igual a un mismo medicamento. La edad, otras enfermedades, la combinación con otros tratamientos y el momento del día en que se toma el fármaco pueden modificar sus efectos.
La prevención empieza antes de arrancar
En una operación verano con más de cien millones de desplazamientos previstos, la seguridad vial no depende únicamente de evitar el alcohol, respetar los límites de velocidad o evitar el móvil. También empieza en el botiquín de casa.
Los expertos recomiendan leer siempre el prospecto, consultar al médico o farmacéutico si se conduce con frecuencia, evitar ponerse al volante al inicio de un tratamiento o tras un aumento de dosis y no mezclar medicamentos con alcohol. Antes de emprender un viaje conviene hacerse cuatro preguntas sencillas: ¿he bebido alcohol?, ¿tengo sueño?, ¿estoy cansado?, ¿he tomado algún medicamento que pueda afectar a mi conducción?
En carretera el peligro más difícil de detectar no siempre es el que viene de frente. A veces viaja oculto tras una pastilla tomada para dormir mejor, aliviar el dolor o controlar una alergia. Y en un verano con millones de desplazamientos, ser consciente de ese riesgo puede marcar la diferencia entre llegar a destino o no hacerlo.


